Cuando la Movilidad se inicia como una Pesadilla

Alojamiento, Cajon de sastre, Destinos, Experiencias, Idiomas, Otros, Programas de Movilidad Añadir un comentario

Hace 8 años que regresé a mi país luego de realizar dos años de estancia en Cleveland, Ohio. Cuando me fui tenía 14 años, sentía que la vida se había ensañado conmigo y me separaba de todo lo que conocía y quería

Hasta ese momento mi vida había sido una feliz sucesión de eventos planeados en los que como el resto de mis amigos de la secundaria yo había pasado del kinder a la primaria y de la primaria a la secundaria sin mayores sobresaltos. Cómo habría de imaginarme que en ese momento estaba por iniciar lo que ahora identifico como uno de los parteaguas más importantes de mi vida.

La cosa comenzó con el pie izquierdo tal y como yo lo había previsto en mi muy válido sufrimiento de puberta enojada con el mundo. No entendía nada de lo que me decían, las clases eran insufribles, ninguna niña se parecía a las amigas que había dejado en casa y mi cuerpo crecía descontrolado.

Para lidiar con mi entonces enojo crónico me metí al equipo de football de la Highschool Highschool a la que asistía. Ahí conocí a otras niñas con las que resulté más afín de lo que era con cualquiera de las amigas que tenía en casa, conocí millones de lugares a los que las personas de mi edad salían e inevitablemente, con todo y mi resistencia, aprendí el idioma con todo y esas frases coloquiales que meses antes odiaba.

Casi sin darme cuenta yo jugaba football en torneos estatales, hablaba francés, inglés y español, mis paseos dominicales iban desde las Cataratas de Niagara hasta días de campo al pie del lago Erie y visitas recurrentes a Nueva York sin tener que pagar prácticamente un centavo.

Así sin más, antes de terminar el primer año me movía como pez en el agua y mis mejores amigas y compañeras de travesuras eran dos geniales norteamericanas, una interesante alemana, un hábil nigeriano y un equipo entero de fútbol femenil con todo y banca.

De pronto la pesadilla se convertía en un emocionante juego de destrezas y logros personales.Para el segundo año organicé mis materias en un nivel mayor de dificultad, participé en el consejo estudiantil e incluso participé en un festival afroamericano que hasta ahora recuerdo con gran emoción.

Como no ha de serles difícil imaginar, cuando el plazo llegó a su fin y tuve que regresar a mi muy querida tierra, pasé por un duelo similar al que experimenté a mi llegada. Estaba encantada y totalmente adaptada a un estilo de vida diferente al que me incorporaría de vuelta en casa. La diferencia fue que esta vez estaba totalmente conciente de que lo podría hacer y regresé armada con lo que más adelante resultaron mis mejores competencias: dominio del inglés, capacidad para relacionarme con personas de diferentes culturas, un fuerte sentido de responsabilidad social y fuertes dosis de curiosidad.

Para mi sorpresa viajar, así como conocer nuevas culturas se vuelve una adicción para el crecimiento. El terror que da mudarse y escuchar lenguas extrañas se convierte en un deporte de alto riesgo que cada vez desprende más adrenalina y uno va encontrando más y mejores formas de facilitar los procesos que en un principio parecían imposibles.

Yo padecí los primeros meses de mi estancia de movilidad estudiantil, le auguraba todos los males y maleficios posibles y aún así, dentro del peor pronóstico, algo sucedió que se convirtió en la mejor inversión para mis decisiones futuras y disfruté cada momento aún cuando estaba encerrada bajo metros y metros de nieve.

Estoy segura de que aún ante el más desolado de los paisajes, la experiencia de movilidad es una gran oportunidad que es imposible no aprovechar y muy a pesar de nosotros nos crece, nos madura y nos obliga a cada vez ir por más.

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Isabel Rojo

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