Aprendiendo ingles en Estados Unidos: el éxito de los programas de inmersión

Nataly SánchezNataly Sánchez
julio 6, 2010
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Por: Tatiana Velásquez

Las ofertas para realizar inmersiones académicas en países de habla inglesa son muchas y variadas: desde universidades en la majestuosa Australia hasta instituciones en la exótica Sudáfrica. Sin embargo, cuando el presupuesto decide, la tierra del Tío Sam aparece como el destino más asequible para nosotros, los latinoamericanos.

Cuando comencé mis preparativos para escoger la ciudad en la que aprendería inglés pensé que una bien al norte, casi en la frontera con Canadá, me permitiría hablar todo el tiempo mi segunda lengua. Pensaba que entre más al norte estuviera ubicada la universidad, menos español hablaría. Sin embargo, en tierra norteamericana encontré un prisma de culturas e idiomas en cada rincón. Entendí que la realidad me mostraba otra cosa: que con los latinos desparramados por todos lados, el español se hablaba y se escuchaba más de lo que yo hubiese querido en una experiencia académica como esta.

Reconozco que le huía al español una y otra vez, y a su vez este idioma me perseguía en los buses, tiendas, restaurantes, calles y hasta en las situaciones menos esperadas. Sólo quería hablarlo con mi familia y amigos, cada noche, por teléfono.

Entendí que para quienes hablamos español, una inmersión en los Estados Unidos no siempre es perfecta, no da sus resultados por arte de magia ni nos hace bilingües por ósmosis. Es necesario tener la fuerte convicción de sacarle el mayor provecho a la estadía por corta o larga que sea, y de estar decididos a mejorar nuestro inglés al punto que nos permita estudiar, trabajar o sostener conversaciones más allá de lo casual. Claro, todo dependerá de los intereses de cada quien.

Recuerdo que cuando en octubre de 2008 inicié mis estudios en la Universidad de Delaware lo único que tenía claro era que no quería hablar español con el grupo de colombianos con el que viajé.

Lógicamente las primeras semanas de adaptación y de poco entendimiento del inglés hicieron que estuviera rodeada de los más parecidos a mi, los colombianos. Era cuestión de supervivencia. Si bien lograba sentirme a gusto en aquellos momentos de adaptación, también era consciente que tanto tiempo hablando español era una pérdida de dinero: pagar en dólares para hablar español, y en Estados Unidos, no era una decisión inteligente.

Entonces, cumplido mi primer mes en Delaware, decidí hablar menos español y más inglés: busqué nativos con los que verdaderamente pudiera mejorar mis conversaciones. Lentamente comenzaron a notarse mis avances y logré ganar más confianza en mi segunda lengua. Me esforzaba diariamente: en los centros comerciales, frente al televisor, comprando café o tratando de entender lo que la gente hablaba en los buses. En resumidas cuentas, cualquier pretexto era válido para mejorar mi oído e iniciar una conversación con desconocidos.

Obviamente, perfeccionar una lengua extranjera es un proceso inacabado que requiere un compromiso constante. Si en español aprendo diariamente cómo hablar y escribir mejor, en inglés el reto es mayúsculo. Todavía continúo repasando las lecciones de gramática, pronunciación y vocabulario por muy básicas que parezcan.

En diciembre de 2008 viajé a conocer Disney World e infructuosamente intenté practicar mi inglés con cuanto vendedor o miembro del staff veía. Sin embargo, el acento delatador terminaba dando pistas de mi nacionalidad: no faltaba el que me saludaba con un sonoro, “¿cómo estás chica?, pero si eres latina”. Tampoco faltó el acento paisa en medio del mundo de Mickey Mouse: “y vos, ¿también sos de Colombia?” En Nueva York ni hablar. Los establecimientos comerciales de Manhattan son mayoritariamente atendidos por mejicanos, argentinos y colombianos. El español estaba, y sigue estando por todos lados. Esto es un hecho. Por eso viajar a un país como Estados Unidos con la romántica idea de que el inglés primará en cada esquina es solo eso, una idea romántica.

Y los ejemplos de gente que no logra practicar su inglés en Estados Unidos son muchos: tengo una amiga que vive en La Florida y desde que llegó a Orlando, hace cinco años ya, no ha necesitado mucho inglés para sobrevivir. Por lo menos, en el círculo en el que ella se desenvuelve con el español le es suficiente. Trabaja como vendedora en una agencia de viajes para el público latino. Casi todo su día a día, por no decir todo, es en español.

Desde 2005 he ido siendo testigo de la transformación del acento de mi amiga: a veces, cuando hablamos por teléfono, me siento conversando con una dominicana, puertorriqueña o venezolana, no con una barranquillera. Sus intentos por practicar el inglés, que durante tantos años estudió en el Colombo Americano en Barranquilla, han sido en vano. Su trabajo, su casa y su mundo en los Estados Unidos hablan español.

Por eso, tal como lo escribí unos párrafos atrás, al estar en el extranjero mejorando la segunda, tercera o cualquiera sea la lengua, lo importante es la actitud. Durante 14 meses estudiando en inglés pude ver cómo otros hispanohablantes no se tomaron muy en serio su inmersión y, a pesar de haber estado cuatro o seis meses en una universidad estadounidense, regresaron a sus países de origen sin ser capaces de sostener una conversación más allá de -How are you? – Fine, thanks!

Muchos de ellos podrán decir que lo importante fue la experiencia de vida. Y sí, en esto de las inmersiones lo que cuenta es la experiencia de vida. Pero, basada en lo que yo viví, es mucho más fructífero ganar y por partida doble: por un lado, la súper aventura que para siempre te cambiará la vida y, por el otro, la experiencia que te multiplicará los logros en el campo profesional.

Fuente: Blog Con Ojos Latinos

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